El ciclo menstrual masculino.

Escrito en September 25, 2008
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Aviso premonitorio:

El punto de vista expresado en esta pequeña nota literaria de carácter completamente amarillista puede no ser compartido por la mayoría de los lectores que se topen con ella. Sin embargo, le instamos a que continúe leyendo, en caso de que la información con escaso basamento científico que contiene la misma le pueda ser beneficiosa en algún futuro lejano.

 

               

                Al hacer manifiestas este tipo de cosas, las forjo siempre partiendo desde la premisa de la ignorancia. Sorprendentemente, esto hace las cosas más interesantes al momento de pensarlas y querernos hacer resaltar su extrañeza. Al ser innegable el interés que uno le pone a este tipo de cosas cuando nos podemos auto convencer de que las mismas forman parte de nuestros ciclos de humor, haciendo la vida propia más singular, es cuando siento el impulso vago de compartirlo con vosotros.

                Quizás sea porque según la antigua medicina griega soy poseedor del humor melancólico, que aparte de coincidir con mi fecha de nacimiento, agrupa las características esenciales que describen a una persona que sufre de la menstruación. Sin embargo, así no podría determinarse, ya que ésta se rige por ciclos y etapas, de las cuales carece la obsoleta Teoría de los Cuatro Humores.

Es casi impredecible cuándo sucederá. A diferencia de la femenina, la regla masculina no viene dictaminada por específicos momentos de la rutina biológica del organismo; sino que a su vez, se pauta casi exclusivamente a partir de los factores ambientales. Y para no decantar en la imprecisión de los términos, digamos que se rige según los sucesos, cambios emocionales bruscos y por noticias recibidas, más que por factores de salubridad, alimentación y calidad de vida; aunque bien podrían ser aditivos no beneficiosos para combatir esta extraña alteración hormonal del hombre, en su especie y género.

Simplemente –aún con el riesgo de parecer provenir de un comercial de toallitas femeninas- existen días en los que no hay cómo luchar en contra del mal humor y la indiferencia enfermiza. Desde el primerísimo momento del despertar, la irritabilidad se hace presente. Si no, que hable quien fuere el desdichado cuya tarea sea despertar al menstruado de ese día. Seguidamente, toda energía, motivación y fuerzas para emprender un día rutinario de trabajo o estudio son avasalladas por dolores de cabeza que hacen inimaginable un día de semejante duración en semejante faena. Y, suponiendo que el horario de labor se haya superado con satisfacción, nos resta aún una depresiva tarde de pensamiento sin palabra, obra ni omisión.

Con una presión que hunde el pecho del doliente, se palpa el desgane y la falta de interés en lo que nos rodea. A su vez, cualquier llamada que nos hagan, conversación que entablemos o noticia que se nos sea suministrada que nos hagan caer en conocimiento de un desagradable –a veces nefasto- suceso, sólo nos hace perpetuar la permanencia en este estado de genio, sin hacernos siquiera perturbar en lo que a la  visibilidad atañe. Nos hunden más en el sillón, pero sólo logran arrancarnos un «lo que sea» de entre los labios.

No hay que negar tampoco que nos hace mucho más afectuosos y sensibles, si las situaciones se suscitan para comprobarlo. ¿Quién, es este período menstrual de depresión y de dolores imperceptibles, se atrevería a decir que pudo resistirse a cantar y bailotear ante la audición de una canción nostálgica o romántica en la radio?, ¿o quién osaría en testificar que no cayó ante la tentación de colocar la canción más melindrosa posible que se pudiere tener en reserva?

Queridos amigos del sexo masculino: seamos honestos con nosotros mismos. Yo, aún escribiendo este minúsculo ensayo desde la sumisión de una ignorancia absoluta, podría asegurar que estamos en presencia de un fenómeno mundial y ancestral. Habría que instar a nuestros biólogos a corroborar si estos cambios de corta duración que acontecen con cierta periodicidad en nuestras vidas se deben a fenómenos hormonales directamente relacionados con algún tipo de ciclo sexual, tal y como sucede en el caso de la menstruación de nuestras compañeras las mujeres.

No obstante, a pesar de toda la aparente igualdad de géneros a la que parecemos acercarnos con esta teoría de la regla masculina, tenemos que seguir vitoreando el esfuerzo de las féminas en edad fértil, quienes a partir de pastillas y grajeas para los dolores menstruales de vientre y de cabeza, siguen sobrellevando con impasibilidad este extraño fenómeno que les acontece cada veintiocho días.

 

 

 

 

La que vino de Júpiter (segunda parte).

Escrito en July 17, 2008
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La bulliciosa estación del tren podría disiparle de sus pensamientos las terribles ideas que se imaginaba internamente para bajar sus expectativas hasta el ras del suelo, con la esperanza –también consciente, aunque no lo quisiese admitir- de que esto haría que cuando llegase a París se llevase una grata sorpresa que haría añicos sus malos –llamémosles- presentimientos.

No fue hasta que se encontraba ya acomodada en su cubículo, acolchada por su portamanteo de cuero desgastado, cuando aceptó que ya no habría vuelta atrás, a menos de que corriese velozmente hasta la puerta del vagón y se lanzase hasta la zona de espera desde el tren que ya empezaba a moverse; una suerte de remordimiento y excitación culposa la abrumaban, sentimiento característico desde su infancia cuando tomaba hasta las más ínfimas decisiones, pero sabía muy bien que más gente aguardaba su llegada en París que las que realmente deseaban que retornara a su hogar.

Convirtiose por unas horas en experta de la naturaleza arbórea del lugar. Hacía caso omiso de cualquier ruido maniático que musitasen los pasajeros más próximos a su asiento. Se dedicaba únicamente a mirar los árboles, con la atención que la velocidad del ferrocarril le permitiese, teniendo que abrir los ojos cuando cuenta se daba de que se le cerraban cada cuanto en contra de su voluntad, obviamente a causa del sueño que la embargaba. Notaba, además, cómo los asentamientos humanos visibles desde la ferrovía se hacían cada vez más numerosos o más próximos a ésta, y cómo las luces se encendían como luciérnagas en celo ante la inminente oscuridad de la noche. Como inspirada por un aura de realismo, hacíase con más claridad las figuras de sus próximas arrendadoras. Entre un torbellino de preocupaciones que le rondaban como buitres en la cabeza, sin darse cuenta de nada y cada vez más sumida en un sueño abismal, delicadamente desplomó su mano contra una pared de su compartimiento, pereció y cayó al piso irremediablemente muerta.

***

La causa de muerte oficial de veintisiete personas que abordaban el vagón número uno fue la inhalación de una cantidad letal de monóxido de carbono que se concentró en el aire, debido una mala canalización de la ventilación proveniente de la sala de máquinas. También se culpó a los pasajeros por la imprudencia de no abrir las ventanas.

 

 

 

La que vino de Júpiter (primera parte).

Escrito en June 26, 2008
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Hay cosas importantes para el futuro de una persona, y si se habla del destino profesional, pues son muy claras. Existen quienes prefieren simplemente seguir el curso estándar de la vida, dejándose arriar hacia patrones que, subconscientemente, pensamos que son suficientes para formar a una persona medianamente integral. Lo normal es ir a un jardín de infancia, un colegio preescolar y una primaria; luego, y si la constancia del individuo lo permite, se extiende hasta el bachillerato y finaliza en la educación universitaria, complementada a su vez por cursos de post grado.

También hay quien diría que los matices de la vida han desvirtuado a muchos potenciales genios y catedráticos. Aunque, de hecho, se ha sabido de más científicos eruditos que se han desvirtuado a sí mismos y a su orgullo con tales profesiones por no alcanzar su tope; contrapuestos, tenemos a los vagos que, al no tener tope ni profesión, son más vitoreados sus logros y causan mayor impresión en la voz popular.

Jóvita, para no perennizar su pendenciera situación, sin precipitarse a meditar mucho en lo que haría de ella, levantó unas cuantas veces el teléfono y ya la magia se había hecho. Contactó hábilmente a ciertas señoritas que se comprometían a hacer la estadía de Jóvita en París una experiencia más afable. Y aunque no sabía un comino de francés, se dispuso a ir a la librería para abastecerse de los libros y diccionarios del idioma, por supuesto escogiendo los más coloridos.

Todos bien sabemos que Jóvita no se dignó a leerse una pequeña fracción de ningún libro. Adornaron su biblioteca hasta que el día de partir había ya llegado. Fue éste uno de los pocos días en los que la moza no pudo dormir sus doce horas reglamentarias. Quizás las altas estimas y las fantasiosas expectativas que guardaba para su largo viaje eran demasiado abrumadoras como para concebir el sueño con premura.

(Continuará).

Bon nouvelle

Escrito en June 17, 2008
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Ha pasado demasiado tiempo desde que escribí aquí por última vez. Y considerando la reducida cantidad de lectores asiduos que tengo, además de que el dominio lo tengo sólo pon un año, no es una decisión audaz la de dejarse llevar por la flojera de escribir.

Y –se supone que los párrafos no deben comenzar por conjunciones- es que mi vida ha tomado otro ritmo este último mes. Ya sé que rompo un poco el paradigma de este blog, en el que casi nunca suelo convertirlo en mi bitácora personal, pero creo que de vez en cuando hace falta dejarse fluir un poquito; sobre todo en este martes, primer día de los exámenes de lapso, donde la imaginación no es desbordante.

Una buena nueva, increíble y casi embuste, es que mi querida amiga Daniel, de una forma u otra, le consiguió a mi delegación MUN varias invitaciones a modelos en Bogotá, Cartagena, Cali, París, Croacia, Bulgaria, Milán y Munich; y anda en búsqueda de alguna en Moscú. Asimismo, creo haberle oído que le llegaron unas de Dubai, Pakistán e India. Ya habrá que buscar patrocinantes para que nos paguen los viajes.

Quiero hacer un cuento para la próxima entrada. Así que espérenlo.

La mañana de María.

Escrito en May 1, 2008
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Suena el despertador. María logra abrir los ojos entre estiramientos y bostezos, y procede a la ardua labor de ponerse de pie, todo un ejercicio mental. Va hasta su clóset y observa con atención y escepticismo a todas las prendas que se postran frente a ella; finalmente se decide por la franela blanca de volantes para combinarla con la falda beige que con antelación quería estrenar ese día. Se viste, come su croissant matutino, se cepilla y peina, y va a levantar a su hija de ocho años. Mientras la niña repite el proceso de su madre, esta última va a maquillarse esmeradamente frente al espejo del baño de su habitación.

Finalmente, el reloj marca la hora de irse; de este modo, ambas bajan por el ascensor con una sonrisa en la cara y confiriéndole unos «buenos días» al señor que acababa de entrar al mismo. Saludando con tremenda simpatía a todo vecino que se les cruzase en el camino, progenitora y vástago se dirigían hacia su carro en el estacionamiento, con un paso lento y brincón que no denotaba más que la esperanzas depositadas en el día que iniciaba. Después de solventar unos inconvenientes con el morral de la niña, subieron al carro, la madre lo «calentó» y no tardaron en arrancar.

Ahora bien, las esperaba religiosamente una pequeña aglomeración al salir del edificio; pudieron salir de allí en no más de diez minutos. Sin embargo, ahora se presentaba un dilema: ¿La Autopista o la Boyacá?

Después de elegir la Autopista, debido a que se supondría que a esa hora fuese el tránsito un poco más liviano, la mujer acelera con fiereza para adelantársele a un autobús escolar que parecía venir sin contemplaciones desde lejos, a paso amenazador. Con las cejas curvadas hacia adentro, las mejillas contraídas y su espalda encorvada hacia delante, como queriendo sentir más intensamente el volante, María no duda en meterse en el huequito que se había formado entre la separación de algo menos de dos metros entre una pick up y otro jeep del cerro. Antes de que algún otro «abusador» se le metiera ahí, ella arranca impetuosamente y se hace lugar, ocasionando una pequeña tranca en el canal contrario, ya que la parte trasera del carro había quedado más afuera de lo debido.

«¡Animal del monte!», «¡cabeza de chola», María musitaba y maldecía con obvia fiereza a todo aquel conductor del vehículo que se pasase a su canal. Ya con la frente sudorosa y un intenso cansancio en la cervical, la joven madre recuesta un segundo en el respaldar su asiento, para luego reincorporarse súbitamente para esquivar sendos hoyos que había en el pavimento. «¡Cráteres!», se oyó, y su pequeña hija no hacía más que dormitar, cada cuanto despabilándose a reflejo de los golpes de volante que su madre se veía obligada a hacer para resultar más audaz que los demás.

Adelanta con obstinación a todo móvil que para ella iba demasiado lento. María no se explicaba cómo la gente pudiese estar tan atontada en por esos días. Prende la radio en búsqueda de una buena noticia, pero escucha al muchacho del helicóptero decir que en la Francisco de Miranda había tránsito fluido, a lo que le responde silenciándolo de un manotazo en la tecla «power».

Ya llegados al colegio de Andrea, la madre baja el vidrio delantero para saludar cordialmente a la monja que se encargaba de supervisar la llegada de las estudiantes a la institución. María se despide de su hija y rápidamente avanza hacia su cercano lugar de trabajo.

Allí le recuerdan, entre simpatías, que ha vuelto ha llegar tarde.


Si le da un infarto, ¿es culpa de los triglicéridos, el colesterol, los carbohidratos por la noche, los chocolates Ferrero Rocher, de la Alcaldía, el ministerio de Transporte y el de Infraestructura, o culpa de María y su contemporaneidad?

La Plaza Bolívar.

Escrito en April 19, 2008
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Quienquiera que camine sobre el mármol gris de la Plaza Bolívar, andará sobre gran parte de la historia nacional. De esta, la plaza mayor de aquella antigua Santiago de León de Caracas, se valieron innumerables generaciones para desarrollar sus historias de sociedad, amor y asesinatos. Acontecimientos célebres no faltaron, y conforme a estos, edificios insignes la coronaron. Nuestra modesta catedral, la Casa Amarilla y el Capitolio son sólo unos de los vestigios que nos quedan de la gloriosamente urbanizada ciudad de Guzmán Blanco, un sueño plateresco.

Nadie le quita el mérito a quienes hayan querido recuperar este sitio simbólico de convergencias políticas y culturales, mas tenemos que hoy en día, la miseria de una ciudad en decadencia, la contaminación aérea que los vientos alisios no se llevan y el ruidoso parque automotriz, nos propinan una plaza azotada por el hollín y el mundanismo. Por más que las agraciadas fuentes de las estaciones y elegantes faroles decoren la explanada, la realidad de la misma patria pudre el césped.

Ya las arcadas que bordeaban la plaza y los vendedores que bajo ellas hallaban refugio han quedado en el pasado; al igual que el respeto que por ella se tenía. No es que llevar a revoltosos infantes a conocer el sitio esté mal, pero ciertamente los indigentes y alcohólicos amanecidos están de más. Ni las balaustradas de hierro forjado logran ya detenerlos.

Sentarse a los bordes de una jardinería al costado izquierdo de la flamante estatua ecuestre y tratar de captar algún tipo de mensaje místico proveniente de los recovecos de la figura o los ojos sin pupila del Libertador, común ocio de los hombres con imaginación de niño. Pero esta vana fantasía de imaginar a Bolívar guiñando un ojo, degradaba rápidamente en seguir hasta donde llegase la mirada los rastros de filtraciones de agua en el pedestal del prócer. Y es insólito a veces preguntarse a sí mismo, de manera totalmente desconcertada, cómo ha sido posible que no se hayan robado las letras de bronce sobresalientes en el mármol, o cómo es que esta corona de flores haya durado tanto aquí como para alcanzar marchitarse en el lugar donde la dejaron.

Como el crimen, ya ni las palomas de la plaza responden a las ridículas ahuyentadas que acostumbramos a hacer. En cambio, parecen ser muy felices caminando cerca de los pies de la gente, arrullando discretamente y comiendo migas que se asomen por las grietas de las baldosas del suelo: absolutamente imperturbables.

El ambiente céntrico de la ciudad se va cargando con el paso del tiempo, y una suerte de síndrome de abstinencia empieza a aparecer. Realmente, en esta zona permanece tranquilo y sin estrés sólo el que ya ha vivido o convivido por allí durante algún período de su vida. Es otro entorno, ambiguo, la verdad. En los alrededores de la Plaza Bolívar se debaten la miseria y el orgullo nacional, el difuso pasado y el obstinado presente. Una joya de la identidad venezolana.

Sin embargo, la plaza significa, para cualquier persona que peregrine por el meollo de la ciudad, un oasis y un paraje obligatorio. Por más bolsitas plásticas que rueden por acción del viento alrededor de una fuente, o los omnipresentes desechos mal ubicados, característicos de cualquier espacio venezolano que se respete, encontramos una comunión de formas verdaderamente digna de apreciar. Y no es que sea exclusivo de esta plaza y de ninguna otra más en el mundo, pero el perfecto matrimonio entre las rígidas líneas de la plazoleta que forman los puntiagudos ángulos que les dan su alma, y los intrincados árboles casi derretidos, se unen para ofrecernos una inspiradora y momentánea satisfacción.

Ay de quien no te visitase nunca. De los disgustos que se perdería.

Las estrellas no son infinitas, sino indeterminadas.

Escrito en April 16, 2008
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A pesar del prolongado tiempo que ha transcurrido desde que escribí aquí la última vez hasta ahora, no hay muchas cosas que hayan perdurado en mi memoria, recuerdos que podría plasmar aquí, para que cada quien pueda leerlos y comentar a su gusto, o poder hacer yo mismo una retrospectiva de lo que ha acontecido en mi vida y detallar la metamorfosis de mi inestable e inefectiva retórica.

 

Este es un mundo de banalidades lógicas de complejidad impresionante, donde cada cosa tiene un por qué y un cómo indiscutibles. Hay que ponerse a ver cómo funciona nuestra existencia, idéntica a un reloj suizo. Este mundo es perfecto, sí lo es. Aunque muchos digan que nos desbordamos de defectos, injusticias e irracionalidades que nos llevan a una destrucción inminente que vuelve añicos nuestras ínfulas de perpetuidad, tenemos que considerar que todas estas cosas son parte de un sistema imperante, esencia de la historia, la física, la química y de todas las partes en las que hemos dividido la naturaleza, la naturaleza de los hechos.

 

A nosotros los católicos no nos queda más que decir que este sistema es la voluntad incontrovertible de la Divina Providencia; a los judíos y musulmanes tampoco; los budistas quedan fuera de mi conocimiento. Pero la verdad es que nuestras vidas están cruelmente planificadas.

 

Para mí no hay nada que me produzca más desesperanza que la infinidad del universo. Creí haber encontrado la calma en la Paradojade Olbers, pero, sin embargo, no había sino que leer y pensar un poco más para percatarse de que esta carece de base.

 

Por lo tanto, haciendo referencia a un salmo, no somos más que gusanos, etcétera. Y como gusanos, dignémonos a disfrutar las pequeñeces de la vida misma. Así como yo disfruté inmensamente un lavado de cabello en una peluquería, experiencia nueva para mí, sírvanse ustedes de la imaginación y de esos mínimos placeres sensoriales que este mundo moderno nos tiende. Harán de su vida una dicha, siempre y cuando tengan dinero.

Me es difícil despedirme de mis fantasmagóricos lectores.