Quienquiera que camine sobre el mármol gris de la Plaza Bolívar, andará sobre gran parte de la historia nacional. De esta, la plaza mayor de aquella antigua Santiago de León de Caracas, se valieron innumerables generaciones para desarrollar sus historias de sociedad, amor y asesinatos. Acontecimientos célebres no faltaron, y conforme a estos, edificios insignes la coronaron. Nuestra modesta catedral, la Casa Amarilla y el Capitolio son sólo unos de los vestigios que nos quedan de la gloriosamente urbanizada ciudad de Guzmán Blanco, un sueño plateresco.
Nadie le quita el mérito a quienes hayan querido recuperar este sitio simbólico de convergencias políticas y culturales, mas tenemos que hoy en día, la miseria de una ciudad en decadencia, la contaminación aérea que los vientos alisios no se llevan y el ruidoso parque automotriz, nos propinan una plaza azotada por el hollín y el mundanismo. Por más que las agraciadas fuentes de las estaciones y elegantes faroles decoren la explanada, la realidad de la misma patria pudre el césped.
Ya las arcadas que bordeaban la plaza y los vendedores que bajo ellas hallaban refugio han quedado en el pasado; al igual que el respeto que por ella se tenía. No es que llevar a revoltosos infantes a conocer el sitio esté mal, pero ciertamente los indigentes y alcohólicos amanecidos están de más. Ni las balaustradas de hierro forjado logran ya detenerlos.
Sentarse a los bordes de una jardinería al costado izquierdo de la flamante estatua ecuestre y tratar de captar algún tipo de mensaje místico proveniente de los recovecos de la figura o los ojos sin pupila del Libertador, común ocio de los hombres con imaginación de niño. Pero esta vana fantasía de imaginar a Bolívar guiñando un ojo, degradaba rápidamente en seguir hasta donde llegase la mirada los rastros de filtraciones de agua en el pedestal del prócer. Y es insólito a veces preguntarse a sí mismo, de manera totalmente desconcertada, cómo ha sido posible que no se hayan robado las letras de bronce sobresalientes en el mármol, o cómo es que esta corona de flores haya durado tanto aquí como para alcanzar marchitarse en el lugar donde la dejaron.
Como el crimen, ya ni las palomas de la plaza responden a las ridículas ahuyentadas que acostumbramos a hacer. En cambio, parecen ser muy felices caminando cerca de los pies de la gente, arrullando discretamente y comiendo migas que se asomen por las grietas de las baldosas del suelo: absolutamente imperturbables.
El ambiente céntrico de la ciudad se va cargando con el paso del tiempo, y una suerte de síndrome de abstinencia empieza a aparecer. Realmente, en esta zona permanece tranquilo y sin estrés sólo el que ya ha vivido o convivido por allí durante algún período de su vida. Es otro entorno, ambiguo, la verdad. En los alrededores de la Plaza Bolívar se debaten la miseria y el orgullo nacional, el difuso pasado y el obstinado presente. Una joya de la identidad venezolana.
Sin embargo, la plaza significa, para cualquier persona que peregrine por el meollo de la ciudad, un oasis y un paraje obligatorio. Por más bolsitas plásticas que rueden por acción del viento alrededor de una fuente, o los omnipresentes desechos mal ubicados, característicos de cualquier espacio venezolano que se respete, encontramos una comunión de formas verdaderamente digna de apreciar. Y no es que sea exclusivo de esta plaza y de ninguna otra más en el mundo, pero el perfecto matrimonio entre las rígidas líneas de la plazoleta que forman los puntiagudos ángulos que les dan su alma, y los intrincados árboles casi derretidos, se unen para ofrecernos una inspiradora y momentánea satisfacción.
Ay de quien no te visitase nunca. De los disgustos que se perdería.

Si algún día voy a Venezuela, voy a pasar por esa plaza a ver qué tal.
Saludos,
Cacho.