Suena el despertador. María logra abrir los ojos entre estiramientos y bostezos, y procede a la ardua labor de ponerse de pie, todo un ejercicio mental. Va hasta su clóset y observa con atención y escepticismo a todas las prendas que se postran frente a ella; finalmente se decide por la franela blanca de volantes para combinarla con la falda beige que con antelación quería estrenar ese día. Se viste, come su croissant matutino, se cepilla y peina, y va a levantar a su hija de ocho años. Mientras la niña repite el proceso de su madre, esta última va a maquillarse esmeradamente frente al espejo del baño de su habitación.
Finalmente, el reloj marca la hora de irse; de este modo, ambas bajan por el ascensor con una sonrisa en la cara y confiriéndole unos «buenos días» al señor que acababa de entrar al mismo. Saludando con tremenda simpatía a todo vecino que se les cruzase en el camino, progenitora y vástago se dirigían hacia su carro en el estacionamiento, con un paso lento y brincón que no denotaba más que la esperanzas depositadas en el día que iniciaba. Después de solventar unos inconvenientes con el morral de la niña, subieron al carro, la madre lo «calentó» y no tardaron en arrancar.
Ahora bien, las esperaba religiosamente una pequeña aglomeración al salir del edificio; pudieron salir de allí en no más de diez minutos. Sin embargo, ahora se presentaba un dilema: ¿La Autopista o la Boyacá?
Después de elegir la Autopista, debido a que se supondría que a esa hora fuese el tránsito un poco más liviano, la mujer acelera con fiereza para adelantársele a un autobús escolar que parecía venir sin contemplaciones desde lejos, a paso amenazador. Con las cejas curvadas hacia adentro, las mejillas contraídas y su espalda encorvada hacia delante, como queriendo sentir más intensamente el volante, María no duda en meterse en el huequito que se había formado entre la separación de algo menos de dos metros entre una pick up y otro jeep del cerro. Antes de que algún otro «abusador» se le metiera ahí, ella arranca impetuosamente y se hace lugar, ocasionando una pequeña tranca en el canal contrario, ya que la parte trasera del carro había quedado más afuera de lo debido.
«¡Animal del monte!», «¡cabeza de chola», María musitaba y maldecía con obvia fiereza a todo aquel conductor del vehículo que se pasase a su canal. Ya con la frente sudorosa y un intenso cansancio en la cervical, la joven madre recuesta un segundo en el respaldar su asiento, para luego reincorporarse súbitamente para esquivar sendos hoyos que había en el pavimento. «¡Cráteres!», se oyó, y su pequeña hija no hacía más que dormitar, cada cuanto despabilándose a reflejo de los golpes de volante que su madre se veía obligada a hacer para resultar más audaz que los demás.
Adelanta con obstinación a todo móvil que para ella iba demasiado lento. María no se explicaba cómo la gente pudiese estar tan atontada en por esos días. Prende la radio en búsqueda de una buena noticia, pero escucha al muchacho del helicóptero decir que en la Francisco de Miranda había tránsito fluido, a lo que le responde silenciándolo de un manotazo en la tecla «power».
Ya llegados al colegio de Andrea, la madre baja el vidrio delantero para saludar cordialmente a la monja que se encargaba de supervisar la llegada de las estudiantes a la institución. María se despide de su hija y rápidamente avanza hacia su cercano lugar de trabajo.
Allí le recuerdan, entre simpatías, que ha vuelto ha llegar tarde.
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Si le da un infarto, ¿es culpa de los triglicéridos, el colesterol, los carbohidratos por la noche, los chocolates Ferrero Rocher, de la Alcaldía, el ministerio de Transporte y el de Infraestructura, o culpa de María y su contemporaneidad?
