La bulliciosa estación del tren podría disiparle de sus pensamientos las terribles ideas que se imaginaba internamente para bajar sus expectativas hasta el ras del suelo, con la esperanza –también consciente, aunque no lo quisiese admitir- de que esto haría que cuando llegase a París se llevase una grata sorpresa que haría añicos sus malos –llamémosles- presentimientos.
No fue hasta que se encontraba ya acomodada en su cubículo, acolchada por su portamanteo de cuero desgastado, cuando aceptó que ya no habría vuelta atrás, a menos de que corriese velozmente hasta la puerta del vagón y se lanzase hasta la zona de espera desde el tren que ya empezaba a moverse; una suerte de remordimiento y excitación culposa la abrumaban, sentimiento característico desde su infancia cuando tomaba hasta las más ínfimas decisiones, pero sabía muy bien que más gente aguardaba su llegada en París que las que realmente deseaban que retornara a su hogar.
Convirtiose por unas horas en experta de la naturaleza arbórea del lugar. Hacía caso omiso de cualquier ruido maniático que musitasen los pasajeros más próximos a su asiento. Se dedicaba únicamente a mirar los árboles, con la atención que la velocidad del ferrocarril le permitiese, teniendo que abrir los ojos cuando cuenta se daba de que se le cerraban cada cuanto en contra de su voluntad, obviamente a causa del sueño que la embargaba. Notaba, además, cómo los asentamientos humanos visibles desde la ferrovía se hacían cada vez más numerosos o más próximos a ésta, y cómo las luces se encendían como luciérnagas en celo ante la inminente oscuridad de la noche. Como inspirada por un aura de realismo, hacíase con más claridad las figuras de sus próximas arrendadoras. Entre un torbellino de preocupaciones que le rondaban como buitres en la cabeza, sin darse cuenta de nada y cada vez más sumida en un sueño abismal, delicadamente desplomó su mano contra una pared de su compartimiento, pereció y cayó al piso irremediablemente muerta.
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La causa de muerte oficial de veintisiete personas que abordaban el vagón número uno fue la inhalación de una cantidad letal de monóxido de carbono que se concentró en el aire, debido una mala canalización de la ventilación proveniente de la sala de máquinas. También se culpó a los pasajeros por la imprudencia de no abrir las ventanas.

Por fin un cuento vuestro en el que palma alguien. xD
No fue una muerte violenta ni sangrienta, pero fue súbita e inesperada, si bien se menciona lo de sus presentimientos. De seguro esto cause impacto en más de un lector. Bien logrado, Big.
Saludos,
Cacho.