Sobre el autor
J. Manuel Grande Boggio, estudiante, cuentista y delegado venezolano.
Nació el dieciséis de septiembre de mil novecientos noventa y dos en Santiago de León de Caracas, dentro de alguna sala desconocida del piso dos de la Clínica el Ávila, en la urbanización Altamira.
Su padre, Manuel Grande Casas, de origen gallego, quien fue abogado y radiólogo. Su madre fue Úrsula Boggio Mendoza, nacida en Calabozo, de la cual apenas se sabe nada, salvo que ejerció la odontología. Sus hermanos fueron Carolina del Carmen (1976), que llegó a trabajar en un circo que recorría el mundo; un feto muerto sin nombre (19??) y Nicolás (1997), sólo conocido porque su padre lo menciona en el testamento.
Sus estudios preescolares, en un pequeño colegio de las hermanas oblatas, se vieron opacados por la formación que le suministró su abuela, Eglée Mendoza. Posteriormente, cursó sus estudios primarios y secundarios en un colegio de los padres salesianos, a una cuadra de su lugar natal y de la panadería que solía frecuentar por las tardes de los días hábiles.
Fue miembro activo de un círculo de lectores, con sede oficial en el Parque del Este, donde llevaban a cabo numerosas tareas, menos leer. Lo que hacía después de ello, quedaba dentro de las paredes de un centro juvenil del Opus Dei, desde donde se le veía entrar y salir con libros -que frecuentemente llevaban impresa una cruz en algún lado- con cuales lo menos que hacía era, obviamente, leer.
En el año dos mil seis lleva a cabo un viaje vacacional a España, donde tiene la oportunidad de visitar Madrid y ciudades aledañas, de las cuales sólo conservaba el recuerdo de su monumentalidad. Pasa, además, unos cuantos días en Galicia, donde visita la casa natal de su padre, la cual recuerda como «un montón de piedras unidas con barro, dispuestas en la forma de un rectángulo, sin techo, claro está, pero que en cuyas paredes aún se conservaba una ventana que tenía su historia. La ubicación era aún más paupérrima que la casa: un caserío que aterrorizaba por su pequeñez, donde, más allá de las dos o tres casas habitadas, sólo se alcanzaban a ver un montón de canastros, el horno del panadero, las escaleras de un jorobado y un cementerio que parecía tener más densidad poblacional que A Merca en su época más dorada. Sin embargo, parecía un lugar encantado, ya que apareció mágicamente de entre la marchita maleza de Verano, después de horas buscándolo en la camioneta».
Afirmaba que Calabozo, la ciudad natal de su madre, era «un laberinto colonial, pequeño e injustamente llamado ciudad, que más allá de su belleza e historia, conservaba para mí un oasis de nostalgia acalorada, olorosa a jalea de mango».
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