Aviso premonitorio:
El punto de vista expresado en esta pequeña nota literaria de carácter completamente amarillista puede no ser compartido por la mayoría de los lectores que se topen con ella. Sin embargo, le instamos a que continúe leyendo, en caso de que la información con escaso basamento científico que contiene la misma le pueda ser beneficiosa en algún futuro lejano.
Al hacer manifiestas este tipo de cosas, las forjo siempre partiendo desde la premisa de la ignorancia. Sorprendentemente, esto hace las cosas más interesantes al momento de pensarlas y querernos hacer resaltar su extrañeza. Al ser innegable el interés que uno le pone a este tipo de cosas cuando nos podemos auto convencer de que las mismas forman parte de nuestros ciclos de humor, haciendo la vida propia más singular, es cuando siento el impulso vago de compartirlo con vosotros.
Quizás sea porque según la antigua medicina griega soy poseedor del humor melancólico, que aparte de coincidir con mi fecha de nacimiento, agrupa las características esenciales que describen a una persona que sufre de la menstruación. Sin embargo, así no podría determinarse, ya que ésta se rige por ciclos y etapas, de las cuales carece la obsoleta Teoría de los Cuatro Humores.
Es casi impredecible cuándo sucederá. A diferencia de la femenina, la regla masculina no viene dictaminada por específicos momentos de la rutina biológica del organismo; sino que a su vez, se pauta casi exclusivamente a partir de los factores ambientales. Y para no decantar en la imprecisión de los términos, digamos que se rige según los sucesos, cambios emocionales bruscos y por noticias recibidas, más que por factores de salubridad, alimentación y calidad de vida; aunque bien podrían ser aditivos no beneficiosos para combatir esta extraña alteración hormonal del hombre, en su especie y género.
Simplemente –aún con el riesgo de parecer provenir de un comercial de toallitas femeninas- existen días en los que no hay cómo luchar en contra del mal humor y la indiferencia enfermiza. Desde el primerísimo momento del despertar, la irritabilidad se hace presente. Si no, que hable quien fuere el desdichado cuya tarea sea despertar al menstruado de ese día. Seguidamente, toda energía, motivación y fuerzas para emprender un día rutinario de trabajo o estudio son avasalladas por dolores de cabeza que hacen inimaginable un día de semejante duración en semejante faena. Y, suponiendo que el horario de labor se haya superado con satisfacción, nos resta aún una depresiva tarde de pensamiento sin palabra, obra ni omisión.
Con una presión que hunde el pecho del doliente, se palpa el desgane y la falta de interés en lo que nos rodea. A su vez, cualquier llamada que nos hagan, conversación que entablemos o noticia que se nos sea suministrada que nos hagan caer en conocimiento de un desagradable –a veces nefasto- suceso, sólo nos hace perpetuar la permanencia en este estado de genio, sin hacernos siquiera perturbar en lo que a la visibilidad atañe. Nos hunden más en el sillón, pero sólo logran arrancarnos un «lo que sea» de entre los labios.
No hay que negar tampoco que nos hace mucho más afectuosos y sensibles, si las situaciones se suscitan para comprobarlo. ¿Quién, es este período menstrual de depresión y de dolores imperceptibles, se atrevería a decir que pudo resistirse a cantar y bailotear ante la audición de una canción nostálgica o romántica en la radio?, ¿o quién osaría en testificar que no cayó ante la tentación de colocar la canción más melindrosa posible que se pudiere tener en reserva?
Queridos amigos del sexo masculino: seamos honestos con nosotros mismos. Yo, aún escribiendo este minúsculo ensayo desde la sumisión de una ignorancia absoluta, podría asegurar que estamos en presencia de un fenómeno mundial y ancestral. Habría que instar a nuestros biólogos a corroborar si estos cambios de corta duración que acontecen con cierta periodicidad en nuestras vidas se deben a fenómenos hormonales directamente relacionados con algún tipo de ciclo sexual, tal y como sucede en el caso de la menstruación de nuestras compañeras las mujeres.
No obstante, a pesar de toda la aparente igualdad de géneros a la que parecemos acercarnos con esta teoría de la regla masculina, tenemos que seguir vitoreando el esfuerzo de las féminas en edad fértil, quienes a partir de pastillas y grajeas para los dolores menstruales de vientre y de cabeza, siguen sobrellevando con impasibilidad este extraño fenómeno que les acontece cada veintiocho días.
